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Categoría: EDUCACION

Para salir de la mediocridad

 

 

José Luis Mota Garay



Hace algunas semanas en esta misma columna, escribía sobre Rafael Selas, que fue a Kenia a la boda de un amigo y se quedó atendiendo a hijos de sidóticos. Él decía: «Me quedé porque a los 30 años necesitas encontrar un sentido a la existencia, y yo lo encontré en Africa. Si tuviera que dejarlo en algún momento, mi vida perdería su significado.» Esta ilusión por algo grande, por un proyecto de envergadura, le hace salir de una vida vulgar, cuando otros, con su misma juventud, marchan hacia la mediocridad. Estoy seguro de que todos los jóvenes que están leyendo este artículo caen en la cuenta de que ellos también han pensado en estas cosas, en momentos en los que han reflexionado sobre su vida y su futuro.

Quizá estas últimas frases han impulsado a uno de mis lectores habituales a ponerme un e-mail en los siguientes términos: «,Sabes qué? A veces la vida marca indeleblemente lo que será de los sueños e inquietudes de cada uno. Yo, tuve que hacerme cargo de mi madre que se quedó viuda y ciega casi al mismo tiempo. Tenía 25 años. Estas cosas hacen que bajes a la tierra y todo lo que podrías haberte permitido por tu juventud y por no estar amarrado (aún) a nadie, de repente, se desvanece para siempre. No me arrepiento ni mucho menos. Estoy muy contento con la vida que me ha tocado vivir, pero la lectura de tu artículo ha traído a mi cara brisas, que ya casi había olvidado... Un saludo, Marcos».

En el artículo intenté que «la brisa también refrescase la cara de otros»; y enumeré algunas realidades que salvan a una persona joven de caer en la mediocridad: cuando hace su trabajo con el deseo de mejorar las condiciones de vida de los que dependen de él; si se empeña, siempre que puede, en tareas de servicio; o cuando se decide a hacer feliz a la persona a la que ama llevándola al matrimonio para así crear una familia. Mi buen amigo Marcos puede estar orgulloso de su planteamiento vital. No todas las aventuras que se quieren emprender en la etapa juvenil pueden realizarse, y menos si la vida -es decir Dios- te lleva por derroteros con los que no contabas. Hay que saber que tan hermoso y heroico es emprender un camino espectacular, cargado de emociones y riesgos, que perseverar fieles y sin cansancio, ante las obligaciones de trabajo y de familia, aceptando gustosamente hacer el bien a los que están alrededor y servir así a la sociedad, en un quehacer diario nada llamativo, pero constante.

Todo esto, que para muchos es lo más natural del mundo, es signo de madurez, en la se que apuntalan el marido o la mujer, lo que les da seguridad para «recorrer juntos la aventura de la vida y el matrimonio; y será para los hijos fuente de seguridad para su flaqueza, lo que les hará vivir felices y crecer fuertes porque tienen un ejemplo que seguir».

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