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Categoría: FE

San Pablo y el genio femenino (8): Loida, mujer anciana


Remedios Falaguera



"Trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice, y estoy seguro en ti también" (2 Timoteo 1,5). “En cuanto a ti (A Tito, mi verdadero hijo en nuestra fe común), debes enseñar todo lo que es conforme a la sana doctrina. Que los ancianos sean sobrios, dignos, moderados, íntegros en la fe, en el amor y en la constancia. (Tt 2, 1-2)

Nadie duda de la importancia que tienen los abuelos para las nuevas generaciones. No sólo por su aportación generosa de vivencias y recuerdos , que fortifican la identidad familiar, sino por el ofrecimiento de sus talentos, el ejemplo de virtudes y valores vividos que ofrecen a los suyos como referencia espiritual y moral imprescindibles para la unidad y continuidad de las familias de hoy en día.

Algunos estudiosos en los textos sagrados aseguran que Loida es reconocida cariñosamente como “la abuela” por antonomasia de las Escrituras. Estoy convencida de que lo utilizan como un apelativo cariño, puesto que no podemos ni debemos olvidarnos de otros abuelos que aparecen también en la Biblia¿? Como San Joaquín y Santa Ana, Abraham y Sara, Simeón y Ana, o incluso Nicodemo.

Aunque tengo que confesar que Loida, no sólo es el reflejo de mujer virtuosa que busca la felicidad de los demás antes que la suya, y que cumple sus exigencias personales con una “fe no fingida”. San Pablo se refiere a ella como la “abuela” que transmite la riqueza de un ambiente cristiano, de generación en generación.

Dicen que las abuelas son madres con un montón de cobertura dulce. Tal vez por ello, me admira observar lo que Loida representa: la importancia de los lazos de sangre en la unidad de la familia, proporcionando un calor de hogar que irradia felicidad y transmite, de abuelos a nietos, unas raíces culturales y cristianas seguras y profundas.

Eso sin restar importancia a la serenidad propia que lleva consigo el título de “ser abuelo/a” que ofrece, como el mejor de los regalos, el amor y la ternura “que todo ser humano necesita dar y recibir”. En fin, en la familia todos necesitamos de todos, pero la experiencia y la sabiduría de los abuelos, su cariño y comprensión, su tiempo y serenidad, es para los más jóvenes todo un privilegio.

Suele ocurrir que en la tarea de los padres para educar a los hijos, nos olvidamos que se necesitan muchas horas para pensar con serenidad en las necesidades e inquietudes de cada uno de los miembros de la familia. Será imprescindible poder dedicarles el tiempo necesario para trasmitir los modelos de referencia espiritual y humana para una sana educación. Este es sin duda el mejor regalo que podemos ofrecerles.

Y aquí es donde entran en juego los abuelos. Ellos siempre están dispuestos a prestar su ayuda, en muchas ocasiones de forma inadvertida, a ser el consejero familiar de los esposos, el paño de lágrimas de los hijos, y los grandes “negociadores” entre los contratiempos y malentendidos de padres e hijos. Es más, nunca se cansan de hacernos comprender la bondad y maldad de nuestras acciones con la serenidad, su sonrisa habitual, y la experiencia que dan los años.

En pocas palabras, gracias a su experiencia en el “arte de vivir”, los abuelos son nuestra gran referencia para complementar, aconsejar y apoyar a los hijos en la educación de los nietos. Ellos saben como nadie ofrecer su grandeza espiritual para preparar un futuro feliz a todos los de la casa lleno de comprensión, tolerancia, servicio y ternura.

Los abuelos saben hacer realidad aquellos consejos de la Madre Teresa de Calcuta que decían: “La piel se arruga, el pelo se vuelve blanco, los días se convierten en años. Pero lo importante no cambia, tu fuerza y tu convicción no tienen edad. Tu espíritu es el plumero de cualquier tela de araña. Detrás de cada línea de llegada, hay una de partida, detrás de cada logro, hay otro desafío. Mientras estés vivo, siéntete vivo. Si extrañas lo que hacías vuelve a hacerlo. No vivas de fotos amarillas. Sigue aunque todos esperen que abandones. No dejes que se oxide el hierro que hay en ti. Haz que en vez de lástima, te tengan respeto. Cuando por los años no puedas correr, trota. Cuando no puedas trotar, camina. Cuando no puedas caminar, usa el bastón. Pero ¡¡¡ Nunca te detengas!!!”

“OJALÁ QUE LOS ABUELOS VUELVAN A SER UNA PRESENCIA VIVA EN LA FAMILIA, EN LA IGLESIA Y EN LA SOCIEDAD”

No hay que considerar a los abuelos como un estorbo. Al contrario. Ellos son parte importante de nuestro tesoro. “Los abuelos deben seguir siendo testigos de unidad, de valores basados en la fidelidad a un único amor que suscita la fe y la alegría de vivir”,destacó Benedicto XVI en la XVIII Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio para la Familia, celebrada en abril de 2008.Y añadió: “No se puede proyectar el futuro sin hacer referencia a un pasado rico en experiencias significativas y en puntos de referencia espiritual y moral”. Por todo esto, y más aún, es un deber de justicia valorar el privilegio que supone el apoyo y la aportación de nuestros mayores para sacar lo mejor de nosotros, para convertir nuestras familias en un referente de fidelidad, de amor y de servicio; y para crear una sociedad más humana.

¡Tienen tantas cosas que decirnos y enseñarnos!

Permítanme una confidencia: Al escribir estas líneas recuerdo, como si fuera ayer, los últimos días de enfermedad de mi madre. Y como suele ocurrir en estos casos, suelo recordar los mejores momentos que he compartido junto a ella: encuentros entrañables, miradas de complicidad, conversaciones intimas y profundas, risas, tiempos de diversión, lecturas,… que se convirtieron en una parte de ti, de mi forma de ser, de pensar y de actuar.Recuerdo muchas circunstancias en mi vida que se han enriquecido gracias a ella, que me han hecho madurar y, que sin saber porque, lo trasmites por osmosis a los que tienes a tu alrededor.

A pesar de estar muy enferma continuaba haciendo su trabajo de “ser madre” y una gran abuela: nos daba consejos, se interesaba por nuestros problemas, estaba pendiente de nuestras necesidades, nos sonreía, nos ofrecía esas miradas de complicidad que solo una madre puede tener con sus hijos, escuchaba a sus nietos con la paciencia y serenidad que yo, su madre, no tenía…. Cuando murió comprendí que, desde el cielo, me animaba a transmitir todo lo recibido gratuitamente por Dios. En especial, la fe trasmitida por mis padres y el cariño que una gran abuela dedicó a sus nietos.

En fin, como dijo Benedicto XVI, “el abuelo del mundo”: ¡Ojalá que, bajo ningún concepto, sean excluidos del círculo familiar. Son un tesoro que no podemos arrebatarles a las nuevas generaciones, sobre todo cuando dan testimonio de fe ante la cercanía de la muerte”.

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