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Categoría: FE

¿Por qué expresar la fe con términos complicados?


Alain Bandelier
Traducción del original francés: Buenas Ideas
(Disponible en francés)



«‘Transustanciación’ es un término culto, incomprensible para los cristianos corrientes: ¿por qué explicar la fe con palabras complicadas?”

(Nota del traductor: Explicación del término).

Comprendo y comparto esta preocupación por comunicar el mensaje cristiano de manera comprensible. ¿No es esto algo que la crónica “Una fe, mil cuestiones” pretende? Sin embargo, la búsqueda de sencillez no debe caer ella misma en el simplismo. Hay cuestiones objetivamente difíciles, que demandan respuestas matizadas y agudas. Hay realidades verdaderamente extraordinarias, que el vocabulario ordinario es incapaz de traducir; sería una lástima allanarlas encerrándolas en palabras demasiado pobres. En fin, como en todo otro dominio, es posible un estudio más profundo de la fe, que exige paralelamente un enriquecimiento de la reflexión y por tanto del lenguaje que la expresa.

Ciertamente, es razonable criticar “la ciencia que hincha”, como dice el Apóstol (1) . Son conocidos esos aficionados de términos cultos que, sin mucho esfuerzo, se dan aires de intelectuales o de iniciados, por medio de un vocabulario desconocido por el común de los mortales. Con ocasión de alguna lectura o alguna reunión, han registrado tal o cual fórmula, perfumada de arcaísmo o, contrariamente, de modernidad, y la sueltan en todo momento (e incluso a destiempo).

¿Hace falta sin embargo desterrar toda expresión que se sale de lo usual? ¿Obligarse a expresar el misterio de Dios y el misterio del hombre sin salir de las trescientas palabras de una conversación corriente? Ha habido intentos interesantes entre los protestantes primero, luego entre los católicos, de traducciones de la Biblia al francés corriente. Se tropieza sin embargo con una barrera: una comprensión más fácil, más inmediata, es a menudo una comprensión más pobre. Las palabras de la Biblia, incluidos los Evangelios, no son siempre términos usuales. Además, encontramos en ellos innumerables matices (se ve bien en los textos paralelos o sinópticos): un vocabulario de base no puede dar esta riqueza, pues emplea un término único para traducir las variadas expresiones del original.

Muy a menudo tenemos una visión unilateral de la comprensión: hacer comprender no es simplemente “simplificar” el mensaje y “rebajarlo” para ponerlo al nivel de los oyentes. Es también “elevar” a los oyentes a une percepción más justa, más rica, más plena. Los textos bíblicos, los textos litúrgicos, los textos de los Padres y los del Magisterio no pueden ser edulcorados. Antes que hacer con ellos como un poco de bricolage para que “sean mejor admitidos”, es mejor dejarlos con su rugosidad , incluso con su rareza, aspectos que precisamente ofrecen buena materia de reflexión. Viene entonces el momento del comentario, que siempre ha sido practicado y que será siempre necesario. Tenemos un buen ejemplo en el Libro de Nehemías: con ocasión del descubrimiento de la Torah (sin duda el Deuteronomio), “el escriba Esdras leía en el libro de la Ley de Dios, traduciendo y mostrando su sentido: así se comprendía la lectura” (2).

Es preciso añadir dos observaciones. Todo campo de conocimiento suscita su vocabulario propio. Desde el origen, por así decir, la fe cristiana ha necesitado forjar nuevos términos y conceptos (o renovar su sentido). Eucaristía, Trinidad, bautismo son palabras más bien “técnicas”. El término transustanciación expresa algo que ninguna otra palabra puede decir de un modo tan exacto, y ¡esta palabra no es más difícil que polimerización en química o estabulación en agricultura! ¡Sin hablar del vocabulario necesario hoy día para hablar de hi-fi o de informática o de fotografía digital!

Por otra parte, ¡la gente no es tan tonta como ustedes piensan! Un galimatías sentimental que no alimenta la fe, lugares comunes al nivel de catecismo de primaria, ideas generales que pueden oírse también en la televisión, todo eso no es digno ni del Verbo de Dios que viene a hablar a los hombres, ni de los hombres capaces de escuchar a Dios.

(1) 1 Corintios 8, 1.
(2) Nehemías, 8, 8.

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