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Categoría: VIDA

Reflexiones en torno al pudor


 

Buenas Ideas

Nos han preguntado sobre “el pudor”. Y parece muy oportuno decir algo sobre esta materia, sobre este “valor moral” que, como otras muchas virtudes, no acaba de entenderse o no “está de moda”. Pero, vaya por delante, no es cuestión de centímetros más o centímetros menos. Si nos quedamos en la materialidad de hasta dónde puedo llegar, cuánto puedo mostrar, dónde está el límite, no acabaremos de entender esta cuestión. Por otra parte, si "castidad" suena a chino, "pudor" suena a marciano. De ahí que importe comprender las razones de fondo que llevan a poner en ejercicio esta virtud.
 
La “menuda” virtud del pudor se encuentra, en los actuales momentos, cumpliendo una tarea extraordinaria: ayudar al hombre contemporáneo a superar una de las más desgarradoras heridas de su vivir cotidiano, la dicotomía alma-cuerpo, la separación entre lo espiritual y lo corporal. El pudor, en efecto, es aquella virtud que enseña a descubrir y a preservar la propia intimidad: la intimidad de toda la persona, no sólo de la persona considerada en su realidad física. Dice el Catecismo de la Iglesia Católica (=CEC): “El pudor nace con el despertar de la conciencia del sujeto. Enseñar el pudor es despertar el respeto de la persona humana”. Y también: “El pudor preserva la intimidad de la persona. Consiste en rehusarse a mostrar lo que tiene que estar escondido” (n. 2521).
 
El pudor preserva la intimidad de la persona, garantiza la alimentación de su amor: es una forma especial de ternura. No hay amor sin intimidad; no hay intimidad sin exclusividad; no hay exclusividad sin discreción o reserva, es decir, sin pudor. La intimidad es el ambiente en el que se desarrolla adecuadamente el amor (que es celoso, exclusivista), y tanto el pudor como la modestia aseguran esta intimidad.

Como muy acertadamente se ha escrito desde el mundo de la psiquiatría, «la esencia del pudor no es otra que la de guardar la intimidad personal como algo bueno que sólo debe darse a quien lo merezca».

Cuando algo es íntimo sólo es comunicado a aquel a quien uno quiere, pues lo íntimo es aquello que sólo uno conoce y sólo es revelado cuando existe una voluntad de hacerlo. Así, nuestros pensamientos, nuestras opiniones y lo que en conciencia valoramos como bueno y como malo, es tan interior que ni siquiera con violencia física nos lo pueden arrebatar, si no queremos. En eso precisamente se fundamenta la libertad de las conciencias (se trata del famoso grito de Braveheart: «nos podrán quitar todo, pero jamás nos podrán quitar la libertad»).

Ahora bien, lo que es íntimo no es sólo aquello que existe en nuestra mente o en nuestro sistema interno de valores. Es íntimo todo aquello que influye directamente en nosotros, en nuestros modos de ser, en nuestros modos de pensar. Es íntimo, pues, todo aquello que percibimos y que es la fuente de gran parte de nuestro conocimiento. Es íntima nuestra agenda personal, es íntima nuestra familia, lo que sucedió anteayer en la cena, el problema que tiene mi hermano mayor… En definitiva, es íntimo aquello de nuestro entorno que estimula de modo especial nuestros sentidos, a través de los cuales vamos fijando un sistema de coordenadas en el que estamos a gusto, en el que contamos las cosas en intimidad, porque la influencia entre los que lo conforman es mutua (la relación entre hermanos, la relación entre los cónyuges, la relación entre los amigos…).
 
Damos un paso más. Es claro que nada puede ser querido que no sea conocido. De ahí que haya ciertos asuntos que no los demos a conocer a cualquiera. De hacerlo cabría la posibilidad de que todos desearan algo nuestro, de modo que ya no es algo compartido en exclusiva por los conocidos, sino que incluso gente que ni se sospecha que exista puede estar manipulando o manoseando.
 
A nadie le gusta, si no es por venderse en un programa televisivo, que algo que estima como muy importante, esté en boca de cualquiera, sea tema de conversación en la peluquería, etc. Lo íntimo en cuanto pasa a ser público ya queda violado, ya no se puede guardar en exclusiva para nadie, ni siquiera para nosotros mismos.
 
En este sentido nuestro cuerpo no puede escapar de la intimidad. Precisamente es a través de nuestro cuerpo por donde conocemos y por donde somos conocidos. Si al cuerpo no se le da el respeto debido, la persona entera se resiente: no se resiente el cuerpo, te resientes tú. Cuando no se respeta el cuerpo es la persona la que no es respetada.
 
Ocultar el cuerpo a los sentidos de otro o de otros, es una manera muy legítima de hacer valer nuestra dignidad humana, porque el hombre es un ser íntimo, que puede ocultar cosas y darlas solo a quien quiera y cuando quiera. Perder la intimidad, también corporal, perjudica la libertad personal y la capacidad de darse en exclusiva pues lo que se ha mostrado ya no es algo poseído por un individuo, sino por el público.
 
Una de las definiciones de amor más clásicas desde Aristóteles es la que incide en el hecho de darse. Este darse sólo puede referirse a aquello que el otro, a quien se da, aún no posee. Si no hay nada que el otro no posea en exclusiva, es difícil que perdure el amor, pues ya no se es el interlocutor protagonista, ya no se es el receptor principal de nuestras manifestaciones.
 
Mostrar el propio cuerpo, o ciertas partes del cuerpo, e incluso ciertas expresiones de nuestro cuerpo (aunque sólo sea un gesto, una mueca o una sonrisa) conlleva una voluntad de querer que sea conocido. Y si existe una voluntad existe un motivo o una intención. De no haber dicha intención la diferencia entre un hombre y un animal sería escasa, pues el animal no se cuida –sea cual sea- de exhibirse pues no tiene nada íntimo, y no posee una voluntad que lo disponga.
 
Exhibir el propio cuerpo no es una acción trivial como cruzar la calle o atarse los zapatos. Enseñar a otro u otros determinadas partes de nuestro cuerpo tiene una intención claramente provocativa o de llamar la atención, sea o no consciente. De modo que no se trata ya de una cuestión de centímetros de falda, o de una rancia moda chapada a la antigua. No es una mera cuestión de estética o de gusto. Tampoco de bienestar. El bienestar del cuerpo no puede anteponerse al bienestar de la totalidad de la persona, la cual integra algo más que el cuerpo. Por ir a gusto no puedo mostrar a cualquiera aquello que en principio sólo debería conocer la persona a la que uno se quiere entregar, al amor de mi vida, con el que comparto mi yo personal. Ama poco quien muestra mucho.
 
Es desagradable también para los que no desean descubrir la intimidad de otros el tener que recibir continuas imágenes de determinadas partes del cuerpo, incluso en situaciones rutinarias como el trabajo, en la calle, etc. Es quizá incómodo, pero el hombre es así. Aunque precisamente cuando se obra según el hombre es, la persona conserva su dignidad y la refuerza, y de este modo se identifican las capacidades humanas con su modo de ser, alcanzándose el equilibrio que trasmite la paz interior y el bienestar supremo, a la vez que un refinamiento del gusto y de la sensibilidad, así como una mayor expresión de la libertad y del autodominio.
 
Quien va perdiendo su intimidad, se puede decir que va dejando de ser persona. Y la persona no es un fantasma sino que es su cuerpo. Exhibir el cuerpo es exhibir el propio mundo interior, nos hacemos públicos y dejamos de poseernos y de tener el dominio y control de nuestra imagen.
 
La falta de pudor y de recato en una simple mirada nos hace cómplices de una reacción en otro sujeto que pasa a ser parte de su intimidad. Hemos entrado en la vida de otro y el otro ha empezado a estar presente en nuestra vida. Ninguna cabeza bien amueblada abriría las puertas de su casa al primero que pase por el portal. ¿Por qué se piensa entonces que es natural ir con las carnes al aire? Sólo se puede explicar si no consideramos distinción alguna entre un animal y un hombre.
 
El pudor pone en evidencia el valor de la persona, no en una forma abstracta, sino de modo concreto, ligado a los valores del sexo si bien al mismo tiempo superior a él. Es así como “el pudor regula las miradas y los gestos en conformidad con la dignidad de las personas y de su amor” (CEC, n. 2521); “inspira la elección del vestuario. Se rebela contra la exposición del cuerpo humano en función de una curiosidad morbosa de cierta publicidad, o contra el requerimiento de unos mass media a ir demasiado lejos en revelar confidencias íntimas. El pudor dicta una manera de vivir que permite resistir a las sugerencias de la moda y a las presiones de las ideologías dominantes” (CEC, n. 2523). Porque no existe sólo un pudor del cuerpo sino también de los sentimientos, “mantiene el silencio o la discreción allí donde pueda aparecer el riesgo de una curiosidad morbosa” (CEC, n. 2522).

La intimidad no se reduce solamente a los aspectos corporales de la persona, sino que alcanza a otras facetas de la vida, como son los sentimientos, los recuerdos, los pensamientos personales, etc. Por tanto, el pudor ha de proteger -creando una "reserva"- también los valores espirituales que se comparten en los diferentes tipos de relaciones humanas.

El pudor corresponde tanto al hombre como a a la mujer, pero la mujer quizás está más implicada en la tarea de proteger y reservar su intimidad. A la mujer le conviene tener muy en cuenta las diferencias entre la sexualidad de ella y la del hombre, y saber que, detrás de un simple deseo de "coquetería" (captar la atención del hombre), se puede generar en él una reacción de sensualidad. Por tanto, la mujer ha de actuar consecuentemente: debe procurar mantener una elegancia que le permita ser, a la vez, atrayente (nadie tiene vocación de "repelente"), pero sin generar en el hombre una reacción de curiosidad.

Aprendamos y eduquemos desde la infancia a proteger la intimidad, a vivir de un modo sencillo, natural, discreto el pudor, sin caer en la ñoñería, de una parte, ni en la provocación fácil, por otra. Como escribía Vicente Verdú en “El elogio del pudor”: «Rescatar el pudor, no obstante, lleva a una posición que comprende, más allá de su tono retro, un racimo de ideas. Una sociedad pacata es insufrible, ¿pero una sociedad desprejuiciada no será zafia? En medio de la liberación sexual, el pudor es un estorbo, pero después de la liberación la vida sin vergüenza es desesperadamente aburrida. Con el pudor sucede como con los tipos de interés en la política monetaria. No es bueno que estén muy altos, porque de ese modo asfixian la actividad, pero, cuando están demasiado bajos, como actualmente, apenas dejan margen de maniobra. Sin pudor, como con tasas de interés igual a cero, no hay posibilidad de estimulación».

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